miércoles, 5 de octubre de 2016
To love or not to love?
Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.
Julio Cortázar
Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.
Quevedo
Cuenta la leyenda del hilo rojo que las personas destinadas a encontrarse tienen un hilo rojo atado en sus dedos que las une entre sí. El hilo puede estirarse, retorcerse, doblarse, pero nunca romperse. Y pase el tiempo que pase, nunca cesará esa unión.
A veces me gusta creer que esto puede llegar a ser cierto. Me gusta pensar que soy imprescindible para alguien en algún lugar del universo. Me gusta sentirme importante. Otras pienso que no es más que una soberana gilipollez. No necesito a nadie para ser feliz y, por tanto, ¿por qué alguien iba a necesitarme a mí? Y es entonces cuando recapacito sobre el daño que han hecho este tipo de afirmaciones o leyendas en nuestra concepción del amor. Y realmente me pregunto, ¿qué es el amor?
La RAE lo define como:
amor
Julio Cortázar
Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.
Quevedo
A veces me gusta creer que esto puede llegar a ser cierto. Me gusta pensar que soy imprescindible para alguien en algún lugar del universo. Me gusta sentirme importante. Otras pienso que no es más que una soberana gilipollez. No necesito a nadie para ser feliz y, por tanto, ¿por qué alguien iba a necesitarme a mí? Y es entonces cuando recapacito sobre el daño que han hecho este tipo de afirmaciones o leyendas en nuestra concepción del amor. Y realmente me pregunto, ¿qué es el amor?
La RAE lo define como:
amor
Del lat. amor, -ōris.
1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.
Es fácil identificarlo, lo difícil es aceptar que hemos caído en sus redes.
No nos gusta admitir que no somos auto-suficientes, que somos frágiles. Es lo que tenemos los humanos, que somos bastante orgullosos. No nos gusta mostrar nuestros sentimientos, admitir que sentimos. Nos cuesta reconocer que somos humanos. Muy a menudo nos creemos más máquinas que humanos, y no es de extrañar: somos la generación millennial, nos hemos criado entre ordenadores y móviles. Esto nos ha hecho más avanzados pero, a su vez, nos ha restado humanidad. Nos cuesta identificar lo que sentimos. O quizás es que no queremos hacerlo. Sea lo que sea, no nos gusta hacerlo y, mucho menos, compartirlo. Por lo tanto, aquí empieza a tambalearse una de las bases de la definición de amor, "necesita y busca el encuentro y unión". Necesitamos y buscamos... Pero si nos da miedo admitir que lo sentimos, ¿cómo vamos a buscarlo? Y más aún, ¿cómo vamos a encontrarlo si no lo buscamos? Muy fácil, miedo, miedo y más miedo. ¿Deberían de llamarnos la generación del miedo entonces? A veces creo que nos vendría mejor ese nombre. No lo sé. A veces solo se que no se nada, y no me preocupa demasiado. Otras me siento tonta y humana de nuevo, y no me gusta reconocerlo.
Lo único que me queda claro es que somos la generación que no quiere enamorarse. O mejor dicho, que tiene miedo a enamorarse. O igual soy yo, quién sabe. Pero me temo que no. Es muy fácil ejemplificar esta afirmación: todo empieza con las conversaciones de Whatsapp, conversaciones vacías, hablar por hablar, sin ir más allá, sin magia, sin mariposas. Y cuidado con responder de manera demasiado efusiva, que igual parece que sientes algo por la otra persona y que no eres una piedra sin sentimientos. Y eso no puede ser, vaya a ser que la otra persona piense que eres un bicho raro, porque ¿qué persona en su sano juicio puede tener sentimientos hacía otra persona? ¡Es de locos! Igual después del periodo Whatsapp pasáis al periodo quedamos-nos enrollamos-adiós. Y eso después de mucho intercambio de emoticono. Pero repito, chicos/as, siempre dejando claro que no sentís nada, que la otra persona no os atrae para nada, que un chicle pegado en la suela de una zapatilla os produce más sentimientos. Porque hay que mantener la compostura, la coraza siempre puesta. Y este periodo se puede extender en el tiempo hasta el fin de los tiempos, pero nunca saldrá un te quiero de vuestras bocas. Eso no va con los millennials. Los te quieros para la generación de nuestros padres. Nosotros somos almas libres. Y así seguiréis, en un bucle infinito. Por que no puedes bajar la guardia. No puedes mostrar tu humanidad.
Pero todo es simple apariencia. Queramos o no seguimos siendo humanos. Seguimos teniendo sentimientos. Seguimos teniendo la necesidad de compartirlos. Aunque por fuera cada vez parezcamos más robots, por dentro seguimos siendo puro corazón. Y tener que fingir que lo hemos perdido no causa más que ansiedad. Cansa tener que fingir ser algo que no somos, tener que ocultar una parte importante de nosotros mismos. Pero sin embargo seguimos pensando que nos sale más rentable eso que mostrarnos tal y como somos y disfrutar del amor libre y sin ataduras. Y no lo entiendo. No lo entiendo y sin embargo me encuentro en la misma situación. Me gustaría, encantaría comprenderlo. Pero parece un enigma indescifrable: anteponer cualquier cosa a nuestra felicidad. Nos gusta estar tristes y sobre todo quejarnos. Nos encanta quejarnos y cuanto más gente escuche nuestras quejas, mejor. Qué cosas. Parece que estoy hablando del Romanticismo. Y han pasado nada más y nada menos que 200 años. Lo cual me lleva a pensar que no hemos cambiado tanto. Muy poco más bien. Quizás es por eso que intentamos ser menos humanos cada vez, para alejarnos de nuestro pasado y de nuestros errores. Ojalá lo supiera yo, una simple humana. Pero una cosa si que se con seguridad: quiero seguir siendo humana. Quiero equivocarme, caer y levantarme. Y quiero amar, con toda mi alma . Y ser feliz, muy feliz siendo quien soy.
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